lunes, 20 de marzo de 2017

Un infierno en el paraíso.

19 de febrero de 2017.

“… y pues no ha criado el cielo ni visto el infierno ninguno que me espante ni acobarde, ensilla, Sancho, a Rocinante, y apareja tu jumento y el palafrén de la reina, y despidámonos del castellano y destos señores, y vamos de aquí luego al punto”.
Miguel de Cervantes Saavedra. Don Quitote de La Mancha.

Para escribir este relato tuve que esperar unas semanas. No me sentía preparado para afrontar la situación. Fue realmente duro lo allí vivido.

Nunca habíamos llegado a este punto. Muchas veces habíamos madrugado, muchas veces habíamos tenido que pensar donde ir o buscar donde aparcar. Incluso muchas veces al volver nos habíamos encontrado con el coche acorralado, o en otras ocasiones, habíamos tenido que evitar la muchedumbre que rodea tanto Cotos como Navacerrada.

Esta vez superamos todo lo imaginable.

No se trataba de un día especialmente soleado. A las 7:30, como en otras ocasiones ya estábamos llegando a Navacerrada. Pero esta vez algo iba mal … a tres km. del puerto estábamos totalmente parados en el coche. Atasco a las 7:30, al amanecer.

Buscasombras, después de un largo tiempo se reencuentra con el montañismo. Volvía allí donde una vez estuvo. Pobrecico… y encontrarse con esta situación. Qué pena daba. Se sentía compungido.

De esta forma, asombrados de lo que estaba pasando llegamos a Cotos. Aquello, a las 7:45, no hay palabras que lo puedan describir: aparcamiento petao, la peña como loca buscando donde meter los coches, coches en todos los sentidos, corriendo para arriba, corriendo para abajo, la desesperación y agonía rondaba el ambiente.

Los niños por allí tirados, con un frío que mataba. Debían pensar que sus padres estaban locos… ¿qué coño hace un niño pelando frío a las 7:45 en mitad de la nieve? A su padre le debe de gustar la nieve… pero hacer al niño pasar por esto. A alguno le costaba trabajo moverse. Estamos locos.

El pobre Guardia Civil… solo nos pedía, u exigía, que nos fuéramos de allí. No me cambiaba por él. Era comprensible. Todos buscábamos lo mismo. Intentar poder dejar el coche en algún sitio.

Solo nos quedaba volvernos a casa y tratar de desayunar tranquilamente en el lugar de donde nunca debimos salir. De locos!!

De de vuelta, resignados, encontramos ese hueco, a un lado de la carretera, en mitad de nada, aquel sitio que nadie debió querer puesto que estaba demasiado lejos de cualquier sitio. Ya que estábamos allí, al menos nos daríamos un paseo y que nos diera el aire.

Es en este momento donde uno cambia el enfoque. Había dos opciones, seguir y volver amargado, o tratar de buscar algo que compensara la mañana. Optamos por la última: Volver a una de esas rutas iniciales, que tanto nos gustaban hace muchos años, que llevábamos años sin realizar, olvidada ahora en esos pretenciosos objetivos que nos solemos marcar.

Volvemos a la clásica Bola del Mundo, Maliciosa. Allí donde todo empezó hace muchos años.


Todavía tendríamos que superar algún inconveniente: las pistas de esquí se han hecho dueñas de los caminos, los encontramos cortados, incluso con “guardia” para que no se nos ocurra pasar por allí. No hay problema, hoy habíamos decidido hacer esto; esta variante, incluso podía dar algo de aventura, en lugar de subir por el camino clásico a la Bola del Mundo, buscaríamos algún camino con cierta aventura. Ya llegaríamos  de alguna forma. Esta vez subimos por los Emburriaderos. Al menos yo, nunca había andado aquella esquina de la Sierra.



Distancia recorrida: 11,63 km.
Desnivel acumulado: 754 m.


Habiendo salido de la muchedumbre… la verdad es que uno siempre disfruta de un día de montaña. Más aún cuando se trata de un día soleado, aunque ventoso ventoso, pero eso si … en grata compañía, con la que recordar antiguas experiencias.






Sin esta forma, sin que haya que contar grandes aventuras, pues se trataba de un día de lo más tranquilo, discurre la mañana. Solo nos quedaba lo clásico, prestar atención y disfrutar de… aquel valle que siempre estuvo allí, pero al que nunca prestamos atención, de aquella ladera que tantas veces subimos o bajamos, pero de la que todavía queda algún detalle en su entorno que localizar, de aquel niño que lo da todo con su mochilina, sintiéndose mayor, tratando de recuperar el aliento en el collado del Piornal,… vamos, aquellas cosas que algunas veces las rutas pretenciosas nos hacen olvidar, pero que siempre debemos recordar que están allí, y nunca deberíamos de dejar.












Después de la inevitable y disfrutona reposición de energía, hoy sin prisas, solo nos quedaba volver atrás, y ya llegando a nuestro punto de salida, recordar aquel infierno del que salimos, para tratar de disfrutar de este pequeño paraíso. Habíamos pasado otra bonita mañana de montaña.




Trasgu, marzo 2017.

3 comentarios:

  1. ¡Qué descansada vida
    la del que huye del mundanal ruido,
    y sigue la escondida
    senda, por donde han ido
    los pocos sabios que en el mundo han sido;

    ¡Oh monte, oh fuente, oh río!
    ¡Oh secreto seguro, deleitoso!

    Un no rompido sueño,
    un día puro, alegre, libre quiero

    (Fray Luís de León)

    Suscribo la agobiante sensación que, de buena madrugada, estos aparcamientos producen. Suerte que, una vez dejado el coche en algún lugar imprevisto, nuestro caminar por lo intrincado e infrecuente, a la par que nos aleja de la algarabía inoportuna, nos adentra en la serenidad de la naturaleza.

    Salud y Montaña.

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  2. Como odio las aglomeraciones en montaña. bueno, en montaña o en centros comerciales, pero más en montaña. Menos mañl que hay monte para todos y a poco que te apartes de las sendas más trilladas, puedes disfrutar de ella a placer. Guapas imágenes.
    Un saludo

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  3. Lo qué hay que hacer es madrugar más.

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