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martes, 10 de julio de 2018

Cazorla: Gilillo a lo salvaje!!

"Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido"
Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha.



 16 de junio de 2018

Existen formas muy distintas de disfrutar de la montaña: desde arriba, desde abajo, de noche, de día,… más despacio y más de deprisa. Cada una tiene lo suyo.

Después de unos meses de entrenamiento, poco a poco, me fui sintiendo atraído por esta otra forma de verla: un poco más deprisa de lo normal.  Después de pequeñas pruebas “de laboratorio” … hoy JL me ofrecía la oportunidad de sentir y ver la realidad de un trail. Teníamos un reto por delante… la subida al Gilillo!!

 


Distancia: 21,96 km.
Desnivel acumulado: 1.187 m.

 

Ya habíamos hecho algunos amagos, pero hoy era mi bautismo, cuando uno se prueba de verdad. JL … es un runner auténtico, de esos que te revientan. El ya tiene su experiencia, incluso la ruta de hoy le resultaba bien conocida. Por variar hoy decide hacerla en sentido inverso: ¡¡a lo salvaje!!.

 

El Gilillo!! Pico más alto de la Sierra de Cazorla, en plenos bosques del Sur. Para mi, se trata de una causa pendiente que yo tenía, una de esas rutas que marcas en la agenda para hacer “cuando puedas”. Hoy era el día.


Saliendo desde Cazorla, subimos por el Collado de Cagahierro para bajar por el puerto del Tejo. La subida se hace más corta por este sentido, pero también con mayor desnivel.


Todo empieza como suelen empezar estas cosas… madrugando (sin duda el peor momento del dia). A las 7:30 ya estamos por las calles de Cazorla, con el gusanillo ese que tiene uno cuando sabe que le queda un ratico por sufrir… pero ya se sabe, quien algo quiere, algo le cuesta.

Como en otras muchas ocasiones, la mística envuelve la salida: un pueblo vacío, sus calles silenciosas, la montaña en la penumbra mañanera frente a nosotros, en actitud desafiante ante lo que ya sabe va a ser “tu” intente por subir allí arriba,… y en esta ocasión… las ruinas de Santa María que, en actitud pesadumbrosa, te despiden de la civilización constituyendo la puerta de entrada a ese reino hostil que siempre constituye la montaña.
 
La salida, buscando las faldas de la Peña de los Halcones, salvando el río Cazorla, es dura… pindio, pindio,… parece darte la oportunidad de que te vuelvas a casa… “desde aquí esto es lo que vas a tener” parece decirte la montaña, “como esto no afloje se me sale el corazón”, piensas tu mientras intentas que una pierna vaya pasando delante de la otra sin parar. No llevas un kilometro y ya vas destrozado.

Ya habituado, con el ritmo de marcha que el trail te obliga a meter en el cuerpo, parece que el cuerpo se te arregla. Es entonces cuando toca disfrutar de los bosques, aromas, sonidos, luces y sombras, sensación de soledad que solo el que se mueve por estos lares habrá podido percibir. En estos meses el agua rebosa, la puedes encontrar por todos los rincones, senderos, laderas, brotando de las rocas… otro más de esos pequeños espectáculos del día.

 


De esta forma, vamos cruzando pequeñas etapas: cruces de caminos, senderos que tomamos, un bosque por aquí, una pradera por allá, un par de castillos, collado de Cagahierro,… mientras los paisajes van cambiando, del bosque a las pedreras pasando por las praderas, caminos anchos que nos llevan a senderos estrechos, la luz del día también acompaña el desarrollo del mismo, de las sombras verpertinas al brillo de media mañana,… todo constituye un cúmulo de sensaciones.


“Aquí solo estamos nosotros y las cabras!!” expeta JL en alguna ocasión… la subida parece que esta mañana nos la han prestado solo para nosotros.

 

 

Así, tras alguna trepaduca final, llegamos a la cima del Gilillo. Disfrutamos de ella lo que nos dejan las moscas y avispas… dueñas de la misma. Parece mentira, las moscas dominan cimas en medio mundo… ¿Cuál será el motivo? Muchas veces las vi, siempre me lo pregunté qué hacían allí, pero no pude encontrar la respuesta. No hay solución, tenemos que marchar de allí.

 
Volvemos al collado, la Puerta del Gilillo, buscamos alguna sombra que nos permita reponer fuerzas y pensar un poco… había dudas sobre que camino nos conduciría de vuelta a Cazorla. Elegimos sendero por su orientación… esta vez hemos tenido suerte, era el bueno.
 

Ya de vuelta, intentamos disfrutar de la prolongada bajada: unas palabras con el elegante pastor para asegurar que aquel camino nos lleva de vuelta, las praderas previas a la Lagunilla, el puerto del Tejo, alguna explicación con la bióloga que lucha contra el grillo que se come todas las matas de tomillo, algunos excursionistas que desean subir al gilillo (unos con más dignidad que otros), un rodeo al Cerro de la Laguna … y cuando uno llega a Prado Redondo, empieza a hacerse la idea de que ya va terminando… craso error …

Dejando a la derecha la Iruela, alcanzamos la Ermita de la Virgen de la Cabeza,… y la civilización parece vengarse por haber osado abandonarla… una terrible cuesta de asfalto, parece hacerte pagar el precio de volver a la misma. ¡¡Un infierno!! Hay momentos que no se si pararme o tirarme rodando por la misma… salvando la misma como podemos volvemos al pueblo. El objetivo del día estaba cumplido… o casi.

Lo del trail solo tiene un problema… esa relajada parada que uno  tiene en la montaña, cuando  se va de trail se hace corta y anodina… sin un currusco de pan que echarse a la boca. Esto hay que arreglarlo al llegar. Con 7 leuritos tenemos pa unas cervezorras, las tostadas y un plato de jamón curioso (incluso nos quedaría calderilla pa repetir cerveza). El día estaba arreglado.

 
Trasgu’2018.

 

 

 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Marranillos en Cazorla


“Muchas cosas semejantes se encontrarán no al alcance de cualquiera, sino, exclusivamente, para el que de verdad esté familiarizado con la naturaleza y sus obras.”
Marco Aurelio, Meditaciones.

Cuando un niño va a la montaña siempre busca algo fuera de lo normal, algo especial que salga de la montaña, algo un poco mágico que no pueda encontrar en la ciudad.

Lo de apreciar piedras, árboles, nítidas corrientes cristalinas, imponentes y angostos saltos de agua… a los mayores les impresiona mucho, pero a un niño no hay cosa que le impresione más que un “animalito”, si el animalito es desconocido esto puede ser la bomba, algo recordado de por vida.

El plan era claro, había que huir de los rigores del verano, especialmente exigentes en Úbeda, donde el astro rey no da lugar a la vida fuera del medio acuático hasta llegado el atardecer. Había que huir a algún sitio que permitiera relajar esta situación. Cualquiera que conozca mínimamente Jaén sabe que hay un objetivo tradicional, agradecido y que siempre sorprende con algo… la Sierra de Cazorla.



Después de un cierto trabajo de campo conseguimos ubicar el centro de operaciones, una casa con su encanto, en mitad de la montaña, donde la carretera más próxima queda a algo más de un kilómetro de carril, con su pequeña piscina donde darse un chapuzón y un descampado agradable para poder darse unas carreras… para un niño un lugar bonito, pero faltaba algo para ser perfecto: ¿dónde están los animalitos? Permitidme que, en postura “egoísta”, guarde el pequeño secreto sobre su ubicación.


La idea era estar por allí 4 días. El primer día se nos va en el trayecto relajado de ida, con parada para conseguir la valorada hogaza de pan de Cazorla, admiración del esbelto castillo templario de la Iruela, parada obligada en el mirador de las Palomas, llegada al lugar donde invertiremos cuatro días de nuestras vidas, asentamiento, preparación para la reposición de fuerzas, disfrute del entorno, con baño gustoso en la piscina disfrutando de la placentera tarde.


En esta vida siempre hay alguien que tiene el día malo… hoy le iba a tocar a Dieguito era su día negro. “Si te caes tu las veces que se cae un niño… por la noche no te mueves”, indica alguno de los allí presentes. Dieguito tendrá su momento cumbre cuando en un alarde de habilidad consigue aparcar la moto al filo de la piscina para a continuar tirarse a la piscina… todo ello con escasos cuatro años y ante un público expectante. A pesar de sus esfuerzos por sacar la cabeza, el que aquí escribe tiene que sacrificar su móvil y cámara por el mantenimiento de la especie… La pequeña Carmen saca sus conclusiones… “A mi ya me has salvado tres veces la vida, Dieguito ya lleva una”.

Después de esto se genera el asunto estelar de la semana… probablemente bien acostumbrados por antiguos inquilinos de la casa una familia de marranillos, como los niños los calificarían, la madre con cuatro rayones, cuatro marranillos que harían las delicias de todos los allí presentes… niños y no tan niños. Su visita se repetiría todos los días, sin duda se convertirían en los protagonistas de estos días… los marranillos de Cazorla (los de cuatro patas).






Los días se verían aderezados con dos pequeñas rutillas para ir enseñando a los niños que además de andar sobre cemento y asfalto… también existen en el mundo clásicos caminos de piedras… por los que incluso se puede pasar!!



Un día, todos disfrutaríamos de una agradable y entretenida ruta en torno a la Cerrada de Utrera. Circular muy disfrutona, de temperatura agradable. Con cervecita final incluida… una mañana perfecta.











Al día siguiente intentaríamos la Cerrada de Elías, mayor distancia todo un reto con los tres pequeños… no las tenía todas conmigo.


Finalmente mis temores se ven confirmados. Era el segundo día, el cansancio del día anterior hacía mella en los pequeños. Desde el principio, el día se convierte en una lucha por ver quién consigue ir montado en la preciada mochila: una mochila porta-niños y tres niños… toda una bomba de relojería. No daría resuello en todo el día.





A última hora de la mañana el día se empieza a complicar, nos amenazan las tormentas anunciadas el día anterior… la situación y el día empieza a tomar un color negro. Creo que no nos queda más remedio que renunciar y darnos la vuelta… quedaría para otro día, tres niños son una carga importante para enfrascarse en una de estas. Volvemos a por los marranillos!!! Alguno no podía esperar el momento.


Alguna que otra aventurilla mas completarían las jornadas… búsqueda de algún cervatillo por el parque cinegético, visita al centro de visitantes,… todo ello aderezado por esas barbacoas, arrocito caldoso … que tan bien sientan en estos entornos.





Cuatro bonitos días para aprender a vivir esta montaña de cuento que tanto gusta a los niños… y algunos no tan niños.


Trasgu, 2013.

lunes, 22 de agosto de 2011

Una montaña de cuento.

- ¿Dónde está papa?
- “Trabajando” en la montaña
- Ahh


Muchas veces se habrá repetido esta conversación entre la pequeña Carmen y su madre, cuando su padre decidía perderse algún día en la montaña.

“Papa… ¿Cuándo me vas a llevar a la montaña esa donde tu trabajas?” … repetía en múltiples ocasiones la pequeña Carmen.



La montaña debía ser un lugar lejano, un poco mágico, atrayente, donde se desarrollan gran cantidad de los cuentos que noche tras noche … su papa contaba, repetía hasta la extenuación, mientras la pequeña Carmen trataba de evitar caer en los brazos de Morfeo, perdiendo siempre esta batalla a eso de final del segundo o inicio del tercer cuento.





En la montaña, en el bosque, vive el lobo, como siempre dice la pequeña Carmen “no es que sea malo, solo es un poco traviesillo”, el lobo que intenta comerse a Caperucita (“una niña que se parece mucho a Carmen”, según ella misma), en la montaña el pequeño Pastorcillo aprendía a no decir mentiras, en un pueblo de la montaña vive Gepetto ese “pobre abuelo” que no tenía niños, en la montaña tienen su casa los siete cabritillos, de nuevo perseguidos por el lobo, en la montaña, también en el bosque, tienen su casita los enanitos … en fin … la montaña para la pequeña Carmen era … aquel lugar donde todo pasaba en “sus cuentos”.



No me extraña que la pequeña Carmen estuviera tan deseosa de ver la montaña, esa montaña tan mágica.



Había llegado ese “gran día”, tenía uno de esos lugares donde unos niños se pueden llevar un gran recuerdo que haga que la montaña siga siendo un lugar un poco mágico, un lugar al que me gustaría que siempre estuvieran deseosos por volver.





El nombre del lugar es lo de menos, solo un pequeño rincón de la Sierra de Cazorla, donde junto con su hermano Dieguito, su prima Ainhara y esos abuelos siempre sacrificados por hacer disfrutar a los nietos, lo pasamos “como niños”: unos cuantos baños en agua “fresquita”, una pequeña excursión donde buscar al lobo (que ese día debía estar atareado en otros menesteres), donde encontrar el camino a la casa de la abuelita de Caperucita, donde ver a alguno de los cabritillos, … en fin … una pequeña excursión de lo más divertida, algo “rico” que comer durante el día, …. algún inesperado revolcón (“¡menos mal que me salvaste!” recordaría la pequeña Carmen al día siguiente) ...

































Un bonito día en esa montaña mágica a la que, la pequeña Carmen soñaba con volver pronto mientras, esta vez sin necesidad de cuentos por mi parte, Morfeo no tenía piedad de ella … poca resistencia podía oponer.



Trasgu, 2011.